Reflexiones sobre la vida diaria
Relatos Albayzineros
Calle Limón
U
na tarde sombría, taciturna, de esas en las que es mejor sacar los pensamientos a pasear a la calle para que se conviertan en transeúntes experimentados, decidí acercarme al barrio del Albayzín para disfrutar de los claroscuros de luces y sombras de sus angostos y empedrados callejones.
Pasé por la Calle del Beso, bonito nombre, poético, para un callejón destartalado de medio metro de ancho y, callejeando por este laberíntico entramado, sin un rumbo predeterminado sino más bien azaroso, me topé con la Calle Limón. El letrero de la Calle Limón estaba escrito en una vetusta placa de cerámica granadina sobre un muro de ladrillos legendarios del que colgaban malas hierbas ya secas por la extrema dejadez de aquel lugar. Y sobre el muro de matorral mediterráneo, un carmen imponente, un torreón, un balcón con una ventana dos hojas, una abierta, abandonado.
Mi curiosidad me hizo adentrarme en aquella imagen terrorífica y quise experimentar por mí mismo lo que mi intuición me evocaba. Me colé por un gran vano (antes puerta) del muro de ladrillos legendarios y mi sensación fue de desasosiego en un principio, pero por esa especie de instinto masoquista que a muchos nos atiza decidí integrarme más en la espesura.
Me metí dentro del carmen, que estaba completamente abandonado, pero no dejaba por ello de tener su romántico atractivo ruinoso.
Había una evocación, una llamada, que me haría dirigirme a ese balcón misterioso con una de las hojas de la ventana abierta.
Subí por unas escaleras tras cruzar el patio, y una vez arriba me encontré la habitación e repleta de palomas blancas. A pesar de ello estaba limpia. Yo estaba cerca de la ventana, pero había algo que me paralizaba, a pesar de sentir un enorme deseo de mirar por ese balcón. Me costó dar el paso y, vacilante, decidí por fín hacerlo aunque consciente de que la vista desde allí sería algo pavoroso. Se oyó La campana de la Torre de la Vela, marcando las horas, eran las doce. Una ráfaga de viento sacudió mis cabellos y rompió el murmullo de las arrullantes palomas.
Cuando por fin miré por la ventana no daba crédito a mis ojos: aquél balcón era una ventana al tiempo, de pronto la casa era nueva y la Calle Limón estaba transitada por burros y personajes con ropajes extraños, moriscos, árabes, como del S. XV. No hablaban castellano sino árabe, y yo, por una extraña razón que no sé explicarme, los entendía a la perfección.
De repente, me vi a mí mismo con barba y con un turbante, sentado a la puerta de aquel Carmen de la Calle Limón. Jugaba al ajedrez con un tal Mustafá, que era un gran amigo mío.
-Jaque mate –escuché
Y las piezas del ajedrez se desplomaron. Yo caí fulminado como por un rayo y pude ver mi entierro desde aquel balcón: la comitiva, las plañideras y el cortejo fúnebre que me correspondía como Sabio del Reino Nazarí de Granada. Cuando volví la vista hacia adentro del balcón ya no había palomas blancas en la habitación sino un anciano canoso y bajito que me dijo:
-Has visto cómo fue tu anterior vida, no malgastes el presente en los mismos menesteres.
Salí de allí aturdido, irritado, sin comprender muy bien aquello. Al salir por la puerta del muro, tras cruzar de nuevo el patio, dije inercialmente:
-¿Qué tal Mustafá? ¿Echamos una partida de ajedrez?
Calle del Beso
C
uenta una leyenda gitana, que en la Calle del Beso, una vez un chico le declaró su amor pasional y encendido a una gitana guapa, morena de azabache, de la tierra, que le negó su amor. Mas le dio un beso en esa calle. Ése ósculo de brasas encendido, fue la desgracia de nuestro gitanito, que se volvió loco y murió como mendigo, en esa misma calle.
La Calle del Beso es estrecha, muy angosta, y comunica con la Plaza de Porras. Lo cierto es que una noche iba paseando por la Cuesta de San Gregorio y decidí girar a la derecha hacia la Casa de Porras. Había luna nueva por lo que la iluminación era más bien escasa. Me senté en la placeta y me fumé un cigarro mientras olía los aromas de leña quemada y de postreras cenas. Proseguí mi camino. Sin saber muy bien por qué, me di cuenta que estaba en al Calle del Beso. Esa calle es muy estrecha, no cabría ni un mulo, y con un trazado un tanto laberíntico, a la vez que llena de luces y sombras, de claroscuros. Es un callejón donde apenas dos personas pueden cruzarse. Tan sólo se oían mis pasos, luego el agrio alarido de un gato, y después escuché, como venido de lejos, el sonido de una mujer que cantaba una copla desde una ventana. Era “La bien pagá”, pero cantada con una dulzura melosa, mística, ancestral. Miré hacia una ventana y ví una sombra, una silueta, peinándose tras una cortinilla con encajes de ganchillo. Esa voz me cautivaba como el canto de las sirenas cautivó a Odiseo, pero al no estar yo atado, me quedé embelesado escuchándolo. Ella no podía verme, y al ver que se estaba arreglando, decidí esperar bajo su puerta y hacerme el encontradizo.
En efecto, la mujer, de una belleza extraordinaria, salió por la puerta prevista diez minutos más tarde. Yo le pregunté la hora y algunas curiosidades folclóricas sobre el Albayzín. Me dijo que cantaba en una zambra, en el Sacromonte, y me invitó a ir a verla. Durante el paseo pude disfrutar de una conversación animada, amena, vivaz, pasional, era como si me leyera el pensamiento. Las vistas que hay de la Alambra iluminada por la noche desde el camino del Sacromonte eran espectaculares, como un crepúsculo mágico. Llegamos a una zambra, una cuevecilla decorada con objetos pequeños de cobre, por todas partes. Dentro había gente en un círculo de sillas de esparto cantando y tocando la guitarra, bailando, todo improvisado. Esta mujer, de nombre Lola, me presentó algunas personas y me invitaron a tomar asiento entre ellos. Las palmas, los compases, los acordes y punteos, rasgueos, de guitarra, golpes de caja, palmas, gritos y oles se sucedían frenética y espontáneamente. Lola cantó una Soleá, y luego por malagueñas y por rondeñas, por último unas coplas y, para finalizar del todo, “La bien pagá”: “na te debo, na te pido, me voy de tu vera olvíame ya, que he pagao con oro tus carnes morenas, no maldigas paya que estamos en paz, no te quiero, no me quieras, si tu me lo diste yo na te pedí, no me eches en cara que to lo perdistes, tambien a tu vera, yo to lo perdi. Bien pagá, si tu eres la bien pagá, porque tus besos compré y a mi te supiste dar, por un puñao de parné, bien pagá, bien pagá, bien pagá fuiste mujer. No te engaño, quiero a otra, no creas por eso que te traicioné, no cayo en mis brazos me dio sólo un beso, el único beso que yo no pagué. Na te pido, na me llevo, entre esas paredes dejo sepultas, penas y alegrías que te he dao y me diste, y esas joyas que ahora, pa otro lucirán…”. La aclamación de palmas y oles fue espectacular, se notaba que esa mujer tenía duende. La fiesta se prolongó hasta bien entrada la madrugada y decidí acompañar a Lola hasta su casa, para que no fuera sola. Cuando llegamos a su casa, tras recorrer apaciblemente el Albayzín y oír el taconeo de nuestros pasos por el empedraíllo granaíno, tras una conversación profunda, animada e increíble, llegó el momento mágico: nuestras miradas se cruzaron a solas en el silencio de la noche. Un mochuelo ululaba. Nos acercamos y nos besamos. Ella se metió en la casa sonriendo.
Cuando me di la vuelta ví un mendigo en la esquina tirado, me pidió una moneda y me dijo que sabía leer las manos.
-Te espera una maldición ancestral gitana que ha de devorarte por dentro. Me apiado de tu alma, toma un romero para que te dé suerte, aunque no te librará de la maldición.
Al día siguiente volví a por Lola pero la casa donde ayer estaba era un solar yermo, con un túmulo de piedras y un muro medio caído. Aún se conservaba la fachada con la misma ventana. Doblaron las campanas a difuntos y apreció Lola, más modernamente vestida, pero no me conocía. La abordé para darle un beso y al besarme caí fulminado al suelo, demayado.
Me levanté pero mi cuerpo seguía en el suelo y empezó a llegar gente en torno a mi. Pude ver al mendigo y me dijo:
-Debiste saber que Lola es sólo mía.
Y desapareció.
Cuesta de las Arremangadas
S
ubía por Plaza Nueva y la fisonomía de la ciudad iba cambiando, mudándose, como un camaleón en pleno otoño. Pero era verano, y el calor era sofocante, por lo que decidí pasear por esas calles, ya que sabía que era la zona más fresca de Granada. La verdad, para un transeúnte solitario como yo, hay pocas sorpresas en la vida, pero aquélla tarde, presentía con curiosidad un insólito acontecimiento. Subí por un callejón que hay justo detrás de la Real Chancillería, sede de los tribunales de justicia, la humana, que la divina ya tendrá tiempo de juzgarnos en su momento. El callejón era angosto y empinado, hacia arriba, yendo a desembocar a la Calle San Juan de los Reyes. Allí torcí a mi izquierda y pude ver una cuesta que subía: era la Cuesta de las Arremangadas. Y este singular nombre se debe a que esta zona es un área especial dentro del putiferio granaíno, ya que, la Calle S. Juan de los Reyes es la zona donde más casas de putas hay en todo el Albayzín.
Llevaba tres mil pesetas en el bolsillo, y una gorda me dijo:
-Chicarrón ven con mami –mientras me guiñaba el ojo y me echaba una sonrisa, pero era grotesca y tenía un bigote considerable, estando además, pésimamente vestida y maquillada. La verdad, me causó cierta repugnancia aquella furtiva insinuación, por lo que seguí andando y aceleré ligeramente el paso hacia arriba.
Pasado el trago, seguí caminando, tratando de desterrar aquél adefesio de mi memoria, aquélla grotesca y repugnante caricatura. Pasé por la puerta de otro prostíbulo y esta vez había un grupo de prostitutas en la puerta, tomando el fresco, ya que el calor era sofocante. Una de ellas, la mayor, era rubia de bote, rellenita y chata. Luego había una chica extranjera, quizá cubana, colombiana, no sé sudamericana, algo entrada en carnes y vestida con un chándal fucsia. Por último había una mujer de unos treinta años, morena, con un cuerpo decente y una cara curiosa. De alguna manera me atraían sus profundos ojos lujuriosos pero traté de reprimirlo acelerando el paso. Aquello tan sólo fue una furtiva mirada. Llegado a la ermita de Sta. Inés, me detuve en la vetusta fuente a beber algo de agua y a mojarme la cabeza, el calor era sofocante. Pero me dí cuenta que estaba algo erecto, excitado, y no lograba quitarme esa mirada lujuriosa de la cabeza. Sentía por dentro esa especie de mezcla entre miedo y temor del que siente un deseo que sabe que está mal y lo va a hacer a pesar de que sabe que inmediatamente después se va a arrepentir de tal acto. La prostitución me parece una especie de cosificación de la mujer, una degradación moral, algo sucio, frío e inmoral. Pero seguía sintiendo esa excitación por todo el cuerpo y estaba algo más que nervioso. Decidí volver lo andado y volví a pasar por aquella puerta metálica pintada con una especie de color gris azulado. Allí estaban las tres, ya dentro, pero con la puerta abierta, y, cuidando de no ser visto por nadie, por una especie de súbito impulso, entré en el prostíbulo. Me temblaban las piernas de la mezcla de nerviosismo y excitación.
-¿Te apetece echar un ratico? –me dijo la mayor – Elige, estamos las tres disponibles.
-¿Cuánto cobran? –dije tartamudeando-
-Pues por ser un chico tan guapo te lo dejamos en tres mil.
-Quiero a ésa, la morena.
-Muy bien chico, pero tranquilízate, estás temblando. No te vamos a comer. Se paga por adelantado. Págame y os subís pa’ arriba.
Solté tres billetes de mil encima de la mesa, la madame los recogió y la morena me miró con picardía y cierta complicidad a la vez que una mezcla de desgana. Me condujo por una escalera de escalones empinados, muy estrecha, hacia una habitación con una puertezuela destartalada, con un cerrojo. Había un bidé y un lavabo en la habitación y, el centro, una cama ancha pero muy antigua. Echó el cerrojo y me dijo:
-Lávate cariño, que yo me voy desnudando.
Mis ojos no reparaban en su asombro al ver lo que la cosmética y una sagaz mirada puede ocultar: tenía un cuerpo repugnante, lleno de estrías, y con grandes y caídos, colgantes pechos. Me desnudé e hicimos el amor de una forma frenética y maquinal, fría, anónima, con cierto grado de violencia y falta de tacto, y no conseguía excitarme lo suficiente como para eyacular.
-Córrete ya mi vida –me susurraba ella- Quiero tu leche.
Después vino el orgasmo, y ella me dijo:
-¡Qué bien follas! ¡Si me hubieras follado así sin condón, me habrías hecho un niño precioso!
Nos vestimos y bajé al piso de abajo, con ella, extasiado, y, para recuperarme del sofoco, apenas dije adiós y me fui de nuevo a la vetusta fuente de la Placeta de Sta. Inés. Allí bebí agua y me fumé el cigarrillo de rigor. La verdad, había resultado algo inmoral pero excitante. Volví a repetir la experiencia pero siempre con aquélla mujer morena, y siempre se me olvidaba su nombre, y a ella el mío, a pesar de que nos presentábamos en cada encuentro. No sabría muy bien definir si esto es meramente lujuria, sexo a secas o sexo sin amor, pero bien es cierto que entre los dos había cierto cariño pese a lo pecuniario de la relación en sí. Un día dejó de cobrarme y, al fin, no me encontré a la mujer de mi vida, pero sí una amante perenne que he conservado intacta para el deleite lujurioso de mi espíritu. Locura, lujuria y penetrante mirada de azabache remangada. Locura, lujuria y penetrante mirada en la Cuesta de las Arremangadas.
El Trueno
C
erca de Casa Pasteles, en Plaza Larga, en una plazoleta que desemboca en el Arco de las Pesas, estaba la peluquería de un genuino albaizinero al que se conocía en el barrio como “el Trueno” por su malafollá. Recuerdo que era un peluquero eficiente, meticuloso, de esos de los de antes, más que un peluquero, un barbero en el sentido estricto de la palabra. Daba miedo ir a pelarse allí y recuerdo que mi padre me llevaba a su peluquería cuando tenía cinco años y siempre me decía que nunca lo llamara “Trueno”, ya que se enfadaría mucho. La barbería del Trueno era de las antiguas, y me daba auténtico pavor entrar allí y verlo afeitar a alguien con la afilada navaja. La silla de pelar mas bien parecía una silla eléctrica aunque conservaba el valor de su vetusta resistencia. Había espejos, cepillos, navajas, escobillas, espumas, y había un rancio olor a Varón Dandy. Yo nunca hablaba cuando me pelaba el Trueno, por miedo, y él ni siquiera era simpático conmigo por ser un niño, es más, me trataba con la seriedad y brusquedad con la que se trataría a un adulto pero estando enfadado, esto es: como un malafollá. Mi padre siempre me decía que no le llevara la contraria ya que podría trasquilarme o ponerse nervioso y cortarme una oreja, lo cual a mis tiernos cinco años me aterrorizaba aún más. Pero el Trueno es entrañable y cuando pasé hace poco y comprobé que su peluquería estaba convertida en una especie de bazar marroquí algo se me encogió en el corazón ya que se ha perdido uno de los personajes más genuinamente albayzineros y malafollás de los pocos que quedaban en Granada. La malafollá es un concepto un tanto difícil de explicar, es un rasgo de carácter, hosco, malhumurado y permanente, un sentido del humor hiriente y sádico, un trato degradante y denigrante, pero con gracia, una especie de sarcasmo folclóricamente popular pero personal e intransferible, agresivo, en fin, para su explicación más detallada remito al lector al libro de Ladrón de Guevara[1]
Imagínense qué tipo de carácter podría tener este hombre para que su mote fuera “El Trueno”, sólo con su presencia acojonaba, incluso en las cercanías de la peluquería o con sólo evocar su recuerdo.
El Trueno llevaba allí toda la vida afeitando y cortando el pelo a los albayzineros y era toda una institución en el barrio.
Con esta breve descripción pasaremos a contar lo que aconteció a continuación; un turista japonés, de esos que lo copian todo en imágenes con una videocámara, iba por Plaza Larga un día de la Cruz[2] cuando sintió curiosidad por la cruz que había allí expuesta. Nuestro amigo Nishimura nunca había visto algo tan colorista y folclórico como aquella cruz, con su mantón de manila, su pero y sus tijeras[3] y todo tipo de abalorios y utensilios de cobre, de cerámica, y macetas, geranios, claveles, hierba en el suelo, y toda esa gente comiendo habas crudas con bacalao, y bebiendo vino. Se acercó para verlo mejor y escuchar las sevillanas y para ver a la gente bailando. Lo grabó en su videocámara y en ese momento no prestó mucha atención pero en esa cruz había también, clavada en el pero, una navaja de afeitar. Era el año en que se jubilaba forzosamente el Trueno, y la Asociación de Vecinos decidió hacer este gesto simbólico en señal de homenaje. Lo que no sabían era que Nishimura era un conocido folclorista en el Japón, y que grababa sin perder detalle pero una cosa se le pasó por alto, la maldición del Trueno. Le gustó aquélla curiosa y vieja navaja de afeitar y en un descuido la quitó del pero y se la echó al bolsillo. Cuando pasó por debajo del Arco de las Pesas vio un relámpago fuera y oyó un trueno en el cielo. Siguió caminando hacia San Nicolás y notó una cierta molestia en la cabeza, como un escozor. Pero no le dio importancia. Cuando llegó a S. Nicolás el muy estúpido se puso a grabar la fachada: “Sancte Nicolae ora pro nobis”. Un grupo de chiquillos lo miraron y salieron corriendo completamente aterrorizados. Se dio la vuelta y siguió grabando la Alhambra, cuya belleza le fascinó, pero no comprendía por qué la gente lo miraba con gesto extraño, lo rehuían sin razón aparente. Sintió sed y se acercó al aljibe a beber agua, y para su sorpresa, en el reflejo pudo verse a sí mismo trasquilado y sin la oreja derecha, con una mancha de sangre, era la maldición del Trueno. . .
El aljibe de San Nicolás
C
uando yo era pequeño, recuerdo que me maravillaba pasar las tardes en S. Nicolás con mis primos, jugando a escalar la parte exterior de la bóveda del aljibe del que manaba un chorro de agua fresca y pura. Recientemente han inutilizado ese caño, lo cual causa un daño irreparable al paseante con cierta memoria histórica, ya que era un agua de una calidad excepcional.
Aparte de esto, comentar, como curiosidad histórica, que donde actualmente se ubica la Gran Mezquita de Granada, junto a la Iglesia de San Nicolás, debajo, soterrada, a parte de las ruinas de un nobiliario palacio nazarí del S. XIV, está la muralla ibera, de unos tres o cuatro metros de alto, que es el origen histórico del barrio y de la ciudad de Granada.
Por último comentar también, que la vista que hay desde el mirador de S. Nicolás, con su placeta de empedraíllo granaíno, es una de las más bellas que hay de la Alambra aunque, contra la opinión del señor Bill Clinton, desde allí no se ve la puesta de sol.
Pues bien, en ese mirador siempre suele haber unas gitanas vendiendo castañuelas a los turistas, es un hecho consumado, son perennes, al igual que el crucifijo de piedra que preside la plaza.
Yo andaba bebiendo agua en el aljibe cuando escuché una voz que me decía:
-Ven…acércate…ven hacia mi.
La verdad es que era como un susurro, pero parecía venir de dentro del aljibe y por tanto curioseé en la trampilla. Tras un ligero forcejeo conseguí abrirla y lo que vi allí fue un musulmán viejo, bajito, con unas babuchas rojas, diminutas, y un manto sedoso, rojo y dorado, así como un turbante con un enorme rubí en la frente.
-Si vienes conmigo te enseño un secreto
Accedí y salté al interior del aljibe. Era como una enorme catedral inundada, apenas iluminada, pero el viejete seguía allí, mirándome con el ceño entre temeroso, fruncido, suspicaz e interesante.
-Verás soy el espíritu de Boabdil. Aunque huí a África con mi corte di instrucciones para que mis cenizas se esparcieran aquí, en este aljibe, para poder estar en Granada, en mi Granada. Si me sigues podrás comprobar que hay un laberíntico sistema de pasadizos y alcantarillado que comunican todo el Albayzín entre sí y con la Alambra. Mi espíritu mora por aquí hasta que la mano toque la llave, ya sabes la leyenda, cuando la mano toque la llave en la Puerta de la Justicia se destruirá la Alhambra y saldrán a la luz los tesoros ocultos por los moros. Pues bien mi querido amigo, te he seleccionado para que contemples estas maravillas y seas su guardián mortal. Podrás utilizar todas las joyas que te sean necesarias para vivir como un hombre rico, pues son inagotables, pero debes preservar el Secreto de las Puertas.
-¿Qué secreto?
-La fuente de los Leones es una de ellas. Cuando los leones se hallan alineados a las siete de la tarde, es decir, cuando ruge agua el séptimo león, se abre un pasadizo en El Patio de los Arrayanes y, si en la Sala de los Secretos se recita la palabra “Maktub”[4] siete veces en la columna Este, se abre una de las puertas. Esta puerta permite volver a la época dorada, en la que todos los hombres eran igualmente ricos, sanos y poderosos. Es como una ventana al tiempo, a la edad de la inocencia primitiva, a ese tiempo en el que todos éramos iguales. No quiere decir esto que hoy en día no lo seamos, ya que la muerte lo iguala todo, pero parecemos diferentes. Mira, te diré una cosa, en mi época convivíamos en Granada hombres de las tres culturas. Había un clima de tolerancia general, y eso se perdió. Pero la vida son ciclos, todo se restituye, todo empieza y todo acaba, pero lo nuestro es pasar...
-¿De verdad existen esas Puertas?
-Por supuesto que existen, los árabes andalusíes ya lo sabíamos y viajábamos en el tiempo para acumular riqueza y poder, sabiduría. Mientras los cristianos tiraban sus excrementos por la ventana al grito de “agua va”, nosotros ya disponíamos de alcantarillado, letrinas, y sistemas hidráulicos de gran precisión. La sabiduría siempre ha estado ahí; siempre estuvo, siempre está y siempre estará. En Granada hay dos grandes Puertas, dos grandes Chakras de la tierra que almacenan gran cantidad de energía y son muy buenos para quien los frecuenta: uno es la abadía del Sacromonte y otro el Patio de los Leones. Esto es algo que me enseñaron mis astrólogos desde niño. Por eso lloré como una mujer al perder Granada, porque perdía la mayor riqueza del mundo. Y por eso he vuelto a morar por esta tierra, para que se pueda preservar el Gran Secreto y éste sea revelado a quien pueda hacer un buen uso de él para la igualdad de los hombres. Te diré una cosa: Dios no hay más que uno, aunque hable todas las lenguas y a todos los pueblos. Todos somos, por tanto, iguales, aunque las leyes kármicas del universo no perdonan. La cuarta verdad que he de revelarte es que la reencarnación existe y que el alma es inmortal. Todo lo encontrarás en El libro Plúmbeo, que para eso fue escrito. Para preservar estas verdades. El Libro Plúmbeo está en Sacromonte, en la Abadía, pero los códigos para descifrarlo los tendrás que hallar por ti mismo con la ayuda de este mapa, tas cruzar la Primera Puerta. Buena Suerte Amigo, sigue por ese pasadizo hacia delante.
Yo seguí por el pasadizo, tibiamente iluminado por una luminosidad de otros mundos. Pasé por pasarelas, riachuelos, alcantarillas y mazmorras, pasé por zonas desconocidas y, si no es por el mapa y por las indicaciones del viejo Boabdil, cuyas babuchas caminaban solas delante mí, no hubiera acertado en tan complejo entramado de esquivos pasadizos... Cuando salí lo primero que vi fue una muralla y, ante mí, el Palacio de Carlos V. Me dirigí hacia los Palacios Nazaríes, pasé por la Sala de la Justicia, por la Sala Dorada, donde un murmullo de agua me tranquilizó, y la siguiente sala por la que pasé fue el Patio de los Arrayanes. Esperé allí pacientemente hasta que dieran las siete. A las siete en punto, yo estaba mirando la alberca cuando en el reflejo vi que la puerta trasera se abría ante mí. Pasé a la sala de los secretos, busqué la columna orientada hacia la Meca y recité la palabra “Maktub” siete veces. Cuando volví al Patio de los Arrayanes había una puerta nueva, junto a la alberca, que bajaba hacia abajo. Lo que me dijo Boabdil el Chico era cierto. Ahora podría atravesar la Puerta y descifrar los enigmáticos Libros Plúmbeos.
[1] Ladrón de Guevara, La malafollá granaína.
[2] El Día de la Cruz es el 3 de mayo
[3] Un ‘pero’ es una manzana; el día de la Cruz a las cruces se les pone una tijera clavada en el pero matar los peros, ya que las cruces compiten en un concurso estético organizado por el Ayuntamiento.
[4] Maktub significa Destino en árabe.
